viernes, 5 de noviembre de 2010

Un libro

"Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro"
                                                                                                                       -Émile Cioran

jueves, 4 de noviembre de 2010

Aprender...

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

- Jaime Sabines

jueves, 21 de octubre de 2010

Benedetti, siempre

Hipo Popo Pota y Tamo

Hace unos días me crucé con esto por casualidad. Me encanta la tira de "Hipo Popo Pota y Tamo", pero  este homenaje no me lo esperaba. Gracias por una sonrisa tan grande cuando más falta hace, aunque venga acompañada de uno de esos pellizquitos en el corazón.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Eres luz

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

- El mundo es eso -reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden a la vista con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano / El libro de los abrazos

martes, 21 de septiembre de 2010

Orgasmo de ojos sin mano

Quiero ver atardecer desde tu vientre para que el sol ponga llamas en tu sexo y abrir tus labios con un río de saliva y fluidos. Quiero ser la lengua que no tienen tus dedos, las otras dos manos apretando tus senos y poner en tu boca el sabor de tu flujo, y ese olor que no destruye el suavizante con que lavas tu prenda más ocultada.

Quiero que de tanto no estarte quieta encima de mi centro, tus rizos de atrás y de delante, de arriba y de abajo, de tu cuello a tus orejas, se enreden, formen nudos fuertes, una red de cabellos rebeldes. Porque después de follar es el mejor momento para peinarte. Desenredar tus rizos, extenderlos sobre tus hombros, acariciarlos en tu espalda clara y suave como una lengua. Y al pie de ella mirar los destellos todavía calientes de mi semen rociado en tu cintura.

Entonces tú, soñolienta y despierta, ligera e incapaz casi de moverte, te tiendes. La sábana deja sólo al aire tu espalda y tu cintura. Las piernas, más cercanas a la tierra, siempre son las primeras en tener frío. No me lo pides pero yo sé lo que quieres. Un masaje. Con crema: una composición exclusiva para una piel como la tuya. El sudor de tu espalda se mezcla con las gotas derramadas de mi semen. Subo mis dedos por el centro de tu espalda, aprieto mis palmas a la altura de tus hombros y las voy deslizando hasta tu cintura. Luego hago el mismo recorrido haciendo círculos pequeños con mis nudillos.

Cada golpe de olor de esa crema, cada pliegue que dibujo en tu espalda, cada nervio, cada músculo, cada hueso que te descubren mis manos es como una mano espiritual que me hiciera una paja. Que apretara y agitara mi pene. Al terminar el masaje te quedas como dormida-pero-despierta, en un lugar indeterminado entre la sábana que cubre tus piernas y mi pene. Y esa mano espiritual me lo ha puesto duro. Sí, vuelvo a estar excitado pero tú casi duermes.

Entonces llevo mis dedos a mis sienes. Me las acaricio en lentos círculos mientras recreo en mi mente cada gesto de ese masaje que a ti tanto te relaja y que a mí por el contrario me excita. Siento mi pene cada vez más grande y más grueso, noto como se levanta más y más como queriéndose liberar de los testículos. Sigo con mis dedos en mis sienes, los ojos cerrados y pensando en ese masaje. Noto los primeros intentos de eyacular, las primeras vibraciones, pero paro. No, no quiero eyacular, no hace falta ya.

Pude sentir esa sensación del orgasmo, sin excitarme manualmente y sin eyacular. De repente mis piernas tienen frío y las abrigo frotando mis manos sobre ellas. Abro los ojos y te veo. Ya estabas despierta, con unos ojos llenos de admiración y ternura. Golpeas suavemente el colchón con tu mano, invitándome a recostarme a tu lado. Entiendo entonces que lo has visto todo, que me estabas mirando mientras alcanzaba ese mi primer orgasmo sin mano.

Me acuesto a tu lado, miro tus ojos y siento que han sido ellos los que me llevaron hasta ese orgasmo.

Basilio Pozo-Durán; "Orgasmo de ojos sin mano"

domingo, 22 de agosto de 2010

Asunto Céline

Ella entró en mi oficina.
Bueno, o sea, aquello no era justo. El vestido le estaba tan apretado que casi le estallaban las costuras. Demasiados batidos de chocolate. Llevaba unos tacones tan altos que parecían zancos. Caminaba como un borracho contoneándose por la habitación. Un glorioso vértigo de carne.

- Siéntese, señora- le dije.

Se dejó caer y cruzó ls piernas muy arriba, tan condenadamente cerca que se me salían los ojos de las órbitas.

- Encantado de verla, señora- le dije
- Deje de hacerse el bobo, por favor. No tengo nada que no haya visto usted nunca.
- En eso se equivoca, señora. ¿Podría usted darme su nombre?
- Señora Muerte
- ¿Señora Muerte? ¿Es usted del circo? ¿Del cine?
- No
- ¿Lugar de nacimiento?
- Da lo mismo
- ¿Año de nacimiento?
- No se haga el gracioso
- Sólo intentaba tener algunos antecedentes

De alguna manera se me fué el santo al cielo. Empecé a mirarle fijamente las piernas. Siempre he sido un hombre de piernas. Fue lo primero que vi al nacer. Después intenté salir. Desde entonces he intentado la dirección contraria con bastante poco éxito.
Ella chasqueó los dedos:

- Eh, déjelo ya.
- ¿Ehhh? -dije levantando la mirada
- El asunto Céline. ¿Se acuerda?
- Si, claro
Desdoblé un clip y apunté hacia ella con su extremo.
- Necesitaré un cheque por servicios prestados
- Por supuesto -dijo sonriendo-. ¿Cual es su tarifa?
- Seis dólares la hora
Sacó su talonario de cheques, garabateó algo, arrancó el cheque del talonario y me lo lanzó. Aterrizó en mi escritorio. Lo cogí. 240 dólares. No había visto tanto dinero desde que acerté un pleno en Hollywood Park en 1988.
- Gracias, señora...
- ...Muerte -dijo ella.
- Sí, sí -dije-. Ahora déme algunos detalles sobre ese tan Céline. ¿Dijo usted algo de una libreria?
- Bueno, se ha pasado varias veces por la librería de Red, ha estado hojeando libros, preguntando sobre Faulkner, Carson McCullers, Charles Manson...
- Así que se pasa por la librería ¿eh? Hmmm...
- Sí -contestó-. Ya conoce usted a Red. Le gusta echar a la gente de su librería. Te puedes gastar mil dólares, pero te quedas uno o dos minutos más y entonces Red te dice que te vayas. Red es un buen tipo, sólo que está un poco chiflado. Bueno, pues echa una y otra vez a Céline, y Céline cruza a Musso's y se queda dando vueltas por el bar con aire triste. Vuelve al dia siguiente o al otro y vuelve a suceder lo mismo.
- Céline esta muerto. Céline y Hemingway murieron con un día de diferencia. Hace 32 años.
- Lo de Hemingway lo sé. Conseguí a Hemingway.
- ¿Seguro que era Hemingway?
- Oh, sí.
- Entonces, ¿cómo es que no está segura de que este Céline es el auténtico Céline?
- No lo sé. Tengo una especie de bloqueo en este asunto. No me había ocurrido nunca hasta ahora. Puede que lleve demasiado tiempo en este rollo. Así que por eso he venido. Barton dice que usted es bueno.
- ¿Y usted piensa que el auténtico Céline está vivo y quiere conseguirlo?
- No sabe cuanto, jefe.
- Belane. Nick Belane.
- Muy bien, Belane. Quiero estar segura. Tiene que ser el auténtico Céline, no cualquier tonto del culo que se crea que lo es. Ésos abundan.
- Como si no lo supiera.
- Bueno, empiece con ello. Quiero conseguir al escritor más grande de Francia. He esperado mucho tiempo.

Después se levantó y salió. Nunca en mi vida había visto un culo como aquél. Más allá del concepto. Más allá de cualquier cosa. Ahora no me molestéis. Quiero pensar en aquel culo.

Charles Bukowski / "Pulp"

domingo, 15 de agosto de 2010

Más vidas paralelas

"Exceptuando unas cuantas cartas largas, hace mucho tiempo que no escribo nada puramente personal, así que no confío demasiado en poder expresarme bien. De hecho, confianza en “poder expresarme bien”, ¿la habré tenido alguna vez en la vida? Yo sólo escribía porque no podía estar sin escribir.
¿Por qué no podía estar sin escribir? La razón es muy clara. Para reflexionar sobre algo yo, previamente, necesitaba plasmar ese algo por escrito.

Ha sido así desde mi infancia. Cuando no entiendo algo, recojo, una tras otra, las palabras esparcidas a mis pies y las confomo en frases. Si no funciona, vuelvo a mezclar las palabras y las ordeno otra vez dándoles una forma distinta. Tras repetir varias veces el mismo proceso, al fin soy capaz de pensar como el resto de los mortales. Escribir jamás me ha parecido duro o pesado. Igual que los otros niños recogían hermosas piedras o bellotas, yo escribía con estusiasmo. Tomaba papel y lápiz y, con la misma naturalidad con la que respiraba, escribía una frase tras otra. Y pensaba.”

Haruki Murakami / "Sputnik, mi amor"